Por lo general, en nuestra sociedad, tenemos la costumbre de no preocuparnos o no prestar atención al sufrimiento psicológico que padecemos, ya no en los demás, puesto que puede que no seamos conscientes de ello o que no sepamos reconocerlo o entenderlo, sino en nosotros mismos. Quién no se ha dicho alguna vez: yo puedo aguantar esto; está solo en mi cabeza; es que soy tonto, no sé por qué me preocupo si no me pasa nada; estoy loco; o para qué voy a preocupar a mi familia si no tengo un problema real. Por el contrario, somos hipersensibles a los síntomas físicos. Cuando nos acatarramos, cuando nos duele la cabeza, cuando nos arde la garganta o el estómago nos molesta, para todas estas problemáticas seguro que nos viene a la cabeza una pastilla que pondría solución al asunto. Incluso los antibióticos, que en principio solo deberían suministrarse bajo receta médica, se han convertido en un elemento común de consumo para tratar dolencias autodiagnosticadas.