lunes, 24 de septiembre de 2018

Estilos de Crianza en las Familias


Cuando un bebé viene al mundo se puede decir que su mente es una tabula rasa, es decir, un lienzo en blanco o un trozo de arcilla listo para ser moldeado. Y es que nuestra especie es diferente a ninguna otra del reino animal. Las crías de antílope caminan a los pocos minutos de nacer, los cachorros de perro o gato se arrastran buscando donde alimentarse aun siendo ciegos sus primeros días de vida y los simios se aferran al pelaje de sus madres. Sin embargo, los humanos necesitamos de toda la ayuda de nuestro entorno familiar para poder sobrevivir y prosperar.



La familia, por lo tanto, es nuestro primer y principal agente de socialización dentro de un sistema mucho más amplio que socializa y aporta la posibilidad de desarrollarse de cada individuo. Ellos son los que nos aportan las primeras informaciones sobre el mundo en el que nos hemos de desarrollar, las normas sobre las que nos tenemos que regir, los valores que nos guiarán a lo largo del resto de nuestra vida y los roles que debemos desempeñar. Es la estructura social que más influye en el desarrollo cognitivo, emocional, personal y socio afectivo, y a través de la que se adquieren hábitos, valores, metas y conocimientos que capacitarán al menor para desempeñarse satisfactoriamente cuando se convierta en un miembro adulto de la sociedad.

En el desarrollo personal del niño influyen una serie de variables familiares como la estructura de cada familia, el tamaño de esta y la cantidad y calidad de las relaciones que se establecen entre cada uno de sus miembros. Una familia estructurada transmite seguridad y coherencia en cuanto a las normas, mientras que una desestructurada produce mayor inseguridad e indecisión en los más jóvenes, puesto que su marco de referencia no es estable ni tiene claro las consecuencias de su conducta, la cual en ocasiones será premiada, en otras reprobada o, incluso, pasada por alto.

¿Qué familias son más exitosas en la crianza de un menor?

No existe un único tipo de estructura familiar que pueda llevar a cabo una educación exitosa en el menor, pero sí podemos encontrarnos con estilos de crianza más proclives a conseguir el éxito en este ámbito que otros y que estarán basados en la coherencia en la aplicación de las normas, en que estas familias apoyen a sus miembros y que estén implicadas en la labor de crianza de los menores de forma activa. Además, se ha descubierto que el orden, estabilidad y coherencia en la crianza no se limita solo a la aplicación de normas o límites, sino que también puede extrapolarse a la estimulación cognitiva que se lleva a cabo con los niños desde pequeños. De este modo, una estimulación debe darse de forma ordenada, atendiendo a las necesidades y demandas del menor. Estímulos como las conversaciones, caricias, juegos, etc. contribuirán en el desarrollo de conductas más maduras.

A su vez, la educación dentro de una familia es un proceso bidireccional, donde el niño se ve afectado por las conductas y expresiones de sus padres así como estos se ven afectados por las del hijo, y por lo tanto no debe convertirse en una situación estática e inamovible, sino que debe adaptarse a las necesidades familiares reales de cada situación.

Estudios sobre prácticas de crianza y tipos de paternidad han revelado desde los años 60 hasta la actualidad que un mayor control parental, junto con muestras claras de amor y afecto repercuten positivamente en la personalidad del niño, proporcionándole mayor confianza en sí mismo. Esto significa que familias que imponen normas claras pero que a su vez mantienen una buena comunicación y transmiten confianza a sus hijos, generarán que estos últimos tengan un mayor ajuste emocional y de personalidad.

Por otro lado, padres que ejercen poco control y son menos exigentes o coherentes con el cumplimiento de las normas, que mantienen una peor comunicación y muestran menos apoyo, tenderán a criar a niños más ansiosos, nerviosos y deprimidos, y padres que muestran apoyo hacia sus hijos pero que no se les exige cierto grado de madurez ni se les imponen normas claras tienden a ser más inmaduros. Además, patrones diferentes de crianza en el seno de una misma familia pueden producir en el menor un aumento de la rebeldía, la angustia y la agresividad.

Atendiendo a estos últimos criterios, se han establecido, de forma clásica, tres tipos de padres: los autoritarios, los directivos y los permisivos. Los primeros son inflexibles, exigen obediencia absoluta y crían a sus hijos según sus propias verdades inmutables. Los segundos se preocupan de guiar a sus vástagos de la forma en que ellos creen que deben hacerlo pero respetan la individualidad de su hijo, dejándole proceder de la manera que mejor le sirva al niño, fomentando así su autonomía, y atendiendo siempre a los resultados que obtiene. El padre permisivo, por otro lado, es aquel que acepta todos los deseos del menor y no ejerce ningún control ni guía sobre él. 

Más adelante, en 1980, Maccoby y J.A. Martin añadieron un cuarto estilo de crianza, el Negligente o Indiferente, el cual estaba compuesto por aquellos padres que no eran afectuosos ni establecían ningún tipo de control sobre la conducta de sus hijos e hijas.

Está ampliamente aceptado que el estilo directivo, al aglutinar todos los factores más beneficiosos que hemos comentado anteriormente, produce mejores resultados, fomentando la colaboración, la amistad y la motivación de logro entre los menores, lo cual les convierte a su vez en personas más solventes e independientes o autónomas, produciendo un mejor desarrollo moral.

¿Un estilo de crianza para toda la vida?

Los estilos de crianza deben evolucionar con la propia evolución del menor. Formas de crianza que funcionaban en las primeras etapas de la infancia dejan de ser funcionales en la adolescencia. Los hijos adquieren un mayor protagonismo con la edad lo que les ayuda, en estas etapas de cambio, a interiorizar las normas sociales, a expresar sus emociones de forma adecuada y a fomentar su autonomía.

Además, existen otras variables que influyen significativamente en el estilo de crianza, como el ambiente cultural o el papel que desempeñan los hijos en la acción educativa que puedan ejercer sus padres, influyendo sobremanera factores como el temperamento y la personalidad del menor. Estas variables, por lo tanto, podrán ayudar o dificultar el que se dé un estilo de crianza u otro. Es imprescindible adaptarse a las características de cada menor, puesto que si estos presentan una gran variabilidad en sus rasgos de personalidad y carácter, también significará que hay que ser flexible en cuanto al modo en que se ejerce el control sobre cada individuo.

Predica con el ejemplo:

Hay que entender que los hijos, principalmente, aprenden de los padres los estilos de conducta y los valores que más adelante harán suyos, por lo tanto, si las relaciones con nuestros hijos son violentas (discusiones, malos modos, gritos, etc.), cargadas de crítica, en lugar de apoyo y orientación, y valoraciones negativas, los niños reproducirá a su vez este tipo de conductas, interiorizandolas como normales e inhibiendo un estilo de comportamiento más prosocial. Niños que se exponen a situaciones de violencia familiar, tanto física como verbal, tienen mayor probabilidad de reportar problemas clínicos de conducta en el futuro.

Una mayor disposición prosocial pasa por fomentar la empatía y la conducta de ayuda y reducir la agresividad, puesto que el control parental junto con el apoyo y las expresiones de amor en el seno familiar favorecen la regulación de las emociones.



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